. . . for with freedom come responsibilities. Nelson Mandela Two dangers constantly threaten the world: order and disorder. Paul Valéry Henceforth, our country should be the universe. Flora Tristan Do what is right. Rosa Parks *

Dossiers and Documents : Discussion Papers : Rethinking Global Governance

Rethinking Global Governance

Algunos problemas concretos
La violencia organizada

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Arnaud Blin, Gustavo Marin ¤ 2 January 2008 ¤
Translations: English . français .

Luego se trata de abordar problemas precisos. Podríamos mencionar una larga lista de problemas que nos afectan a más corto o largo plazo y que atañen los campos de la salud pública, el medioambiente, el desarrollo sustentable y los emigrantes. Nos limitaremos aquí a algunos problemas que fueron, y siguen siendo hasta la actualidad, problemas clásicos de las “relaciones internacionales”.

La violencia organizada

Comencemos por este problema que, desde la antigüedad, ocupa un lugar central en el debate sobre la gobernanza: la violencia organizada y su legitimidad.

Hoy en día, con los problemas ligados a la proliferación nuclear y al terrorismo, y también con el cuestionamiento del sacrosanto principio del respeto de la soberanía nacional y su consecuencia directa -el principio de la no injerencia- este tema se torna de una actualidad candente.

Desde esta perspectiva, las discutibles elecciones presidenciales del año 2000 en Estados Unidos y la invasión a Irak que es una de sus consecuencias demostraron, por partida doble, que la democracia -y lo que es más, en un país que se presenta como modelo universal de la misma- no es capaz de responder al problema de la legitimidad del uso de la violencia organizada, a partir del momento en que un ínfimo grupo de individuos (por ejemplo en un barrio de una cuidad de Florida) decide sobre el destino de un pueblo entero e incluso de una región (Medio Oriente), sin conocer siquiera el efecto de su elección. El ejemplo israelí, en el marco del conflicto en Cercano Oriente, demuestra de qué manera el accionar de una democracia, ejemplar en otros ámbitos, se traduce en los hechos por una dura política de potencia en la cual no existe esa dimensión moral que forma parte, sin embargo, de los principios democráticos.

Por otra parte, la invasión a Irak decidida por el gobierno norteamericano pone de manifiesto la insignificancia de los principios tradicionales de la “razón de Estado” en un contexto geopolítico en el cual el uso de la fuerza militar se ha vuelto extremadamente limitado y de muy poco alcance, puesto que la “hiperpotencia” es incapaz de imponerse en un escenario secundario. En el mismo momento, ¿un uso multilateral de la diplomacia, o hasta de la fuerza militar, no sería útil en Darfur o inclusive en Zimbabwe, dos casos donde la (muy) mala gobernanza es responsable de indescriptibles males para las poblaciones afectadas?

Pero ni los Estados involucrados –ni los que deberían estarlo- son capaces actualmente de resolver esta cuestión crucial de la legitimidad del uso de la violencia. Las Naciones Unidas, que por cierto tienen algún peso, ya no son capaces tampoco de responder a este problema, dado que al ser los Estados mismos quienes constituyen este organismo, y los más poderosos de entre ellos quienes lo dirigen, no puede cuestionar los principios.

¿Qué hacer? Por el momento es la opinión pública, en democracia, quien está generando la evolución de las mentalidades en este ámbito. Gracias a esa opinión pública (a los movimientos sociales por la emancipación dirán algunos, con razón) se produjo la descolonización. Gracias a ella -y algunos dirán a causa de ella- los Estados Unidos no pueden presionar con toda su fuerza en Irak y en otras partes. Pero la opinión pública evoluciona lentamente y es manipulable, sobre todo a corto plazo, por los medios y, principalmente, por los gobiernos.

Hay que ir más lejos entonces para movilizar las mentalidades sólidamente arraigadas en la idea tradicional de que el Estado es la única fuente de legitimidad en el uso de la fuerza y que el ejercicio de sus prerrogativas en ese ámbito se vincula esencialmente con su seguridad nacional, o al menos con lo que el gobierno entiende por dicho concepto, finalmente muy maleable.

Se plantea entonces la cuestión de saber si podría haber otra fuente de legitimidad que sirviera de autoridad o al menos de brújula para todo lo que se relaciona con los problemas ligados al uso de la violencia organizada (principalmente la fuerza militar, pero no sólo ella). ¿Y cuál sería esa fuente? ¿Se trataría de una especie de “Alta autoridad de la gobernanza internacional” independiente?¿Sería un Consejo de Sabios o un consejo “supraconstitucional”? ¿Un comité de representantes de los Estados, de los gobiernos o de la sociedad civil? En todos los casos, se trataría de una institución independiente que funcionaría según los más rigurosos principios de la democracia y de la ética, pues ésta es la novedad, saber que la ética ocupa una parte importante de las decisiones.

La cuestión merece entonces plantearse, aun cuando al principio las reticencias sean extremadamente grandes, puesto que una iniciativa de esta índole limitaría la libertad de acción de los Estados más poderosos, y de los demás también. Pero la implementación de una entidad así podría hacerse, al principio, con medios limitados, con la idea de que su creciente éxito vaya aumentando su legitimidad y su peso sobre las grandes decisiones.

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