The world is for the public good, such is the Great Way. Confucius Do what is right. Rosa Parks Two dangers constantly threaten the world: order and disorder. Paul Valéry An invasion of armies can be resisted, but not an idea whose time has come. Victor Hugo *

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Estados Unidos de América

Desde finales de la Primera Guerra Mundial ningún país en el mundo ha tenido más influencia sobre la evolución de la gobernanza mundial que los Estados Unidos de América. Desde su independencia en 1776, los Estados Unidos han buscado cambiar las reglas del juego internacional, primero diferenciándose de Europa, luego proponiendo un modelo alternativo de gobernanza internacional que buscaron imponer a partir de 1918.

La relación entre los Estados Unidos y la gobernanza mundial es central en la historia contemporánea y hay dos razones para ello. La primera se vincula con la potencia de los Estados Unidos y, la segunda, con las características particulares de la sociedad de ese país.

Cuando los Estados Unidos conquistaron su independencia a fines del siglo XVIII el país era una potencia media, muy inferior a los grandes países europeos como Inglaterra, Francia, Rusia o Austria. Cien años más tarde, el efecto combinado de la industrialización, la expansión territorial y el crecimiento demográfico (por la inmigración masiva) convierten al país en una de las primeras potencias económicas al lado de Inglaterra y Francia y también de los dos países emergentes de entonces, Alemania y Japón.

Tras el derrumbe de Europa entre 1914 y 1945, los Estados Unidos salen de los dos conflictos con el estatus de mayor potencia del momento junto a la URSS, que desaparece en 1991 mientras las nuevas potencias emergentes como China o India todavía no alcanzaron el nivel de los Estados Unidos en términos de capacidades económicas y militares. Pero mientras que Inglaterra, primera superpotencia del siglo XIX, había explotado su superioridad para extender su imperio colonial, garantizando la estabilidad de Europa, los Estados Unidos tienen un proyecto radicalmente diferente.

El proyecto estadounidense tiene sus raíces en la cultura puritana que impregna a esa sociedad. Deseosos de huir de la impureza moral de una Europa que a sus ojos era decadente, los puritanos quieren crear una nueva sociedad que se atenga a los principios alimentados por la lectura del Antiguo Testamento. Pero ese proyecto también se ve marcado por el proselitismo acérrimo de los puritanos, que pretenden iluminar al mundo desde su “ciudad iluminada sobre la colina” para purificarlo y garantizar la redención de toda la humanidad. Se trata pues de un proyecto universal y universalista.

Desde la independencia en adelante la política extranjera de los Estados Unidos se define a través de esa visión mesiánica, que se traduce en la práctica por la voluntad, en primer lugar, de tomar distancia con respecto a Europa -Georges Washington y Thomas Jefferson denuncian las “alianzas entrelazadas” (entangling alliances)- y luego de garantizar la libre circulación de los bienes y de las personas. La primera decisión estadounidense en la materia consistirá en sacar del Mediterráneo a los berberiscos a principios del siglo XIX. Con su rápido ascenso, los Estados Unidos se embarcan sin combates en una política intervencionista sobre el continente americano (Doctrina Monroe, “Corolario” de T. Roosevelt) antes de imponerse sobre el gran escenario internacional durante las dos Guerras Mundiales. Después de 1945, la Guerra Fría consiste en un duelo ideológico con la Unión Soviética, donde la política de EEUU del “containment” se basa sobre la superioridad del modelo estadounidense, que a largo plazo debería vencer a su adversario. Después de 1991 el triunfalismo norteamericano no se ve reflejado sin embargo en el terreno por la victoria del modelo único, y a los Estados Unidos les cuesta influir en el curso de la historia mundial mientras que la ideología neoliberal queda debilitada por el peso de la crisis de 2008.

Señalemos que, paralelamente al intervencionismo político y militar estadounidense -difícil de distinguir a veces de una política profundamente imperialista- las múltiples agencias del gobierno federal (Departamento de Estado pero también la CIA, USAID, etc.) como también las grandes fundaciones privadas trabajan en conjunto o en forma independiente, directa o indirectamente, con el propósito de ampliar el club de adherentes al credo norteamericano.

Esa voluntad de refundar el mundo imitando a Estados Unidos se articula en torno a dos corrientes ideológicas arbitradas por una tercera, que es la de los aislacionistas. La primera corriente está vinculada con una realpolitik que prioriza las relaciones de fuerza y el interés nacional de los Estados Unidos y apunta a proyectar la potencia estadounidense para garantizarse el máximo de influencia posible sobre el máximo de regiones del mundo. La segunda corriente, la del internacionalismo wilsoniano, busca transformar la naturaleza de las relaciones entre los Estados para fundar un “nuevo orden mundial” que substituiría al orden heredado del sistema westfaliano. En ese nuevo esquema, las relaciones interestatales ya no se conciben en términos de equilibrio de las potencias y gestión de los intereses nacionales, sino a través de algunos principios morales “universales” -en realidad, derivados del pensamiento protestante-. Esta corriente, que choca sistemáticamente contra la despiadada realidad de las relaciones de fuerza, logra sin embargo imponer el principio de la autodeterminación de los pueblos, introduciendo al mismo tiempo el de los Derechos Humanos dentro del discurso político internacional. Pero incluso dentro de los Estados Unidos esta visión de un orden mundial semejante al modelo americano se ve confrontada a reflejos que son contrarios a los grandes valores que la Casa Blanca promulga constantemente, con mayor o menor fineza, en el exterior: la política a veces brutal aplicada en nombre del interés nacional o de la seguridad termina socavando las mejores intenciones de los internacionalistas reformistas como Jimmy Carter. Así pues, la oposición entre la corriente realista y el internacionalismo wilsoniano, explotada además por los aislacionistas, termina teniendo como efecto un debilitamiento de la influencia de Estados Unidos sobre la gobernanza mundial.

A pesar de todo, en el último siglo, Estados Unidos contribuyó por un lado a sacar a las relaciones internacionales de su sumisión total a las voluntades de las grandes potencias europeas y, por otra parte, a elaborar nuevos mecanismos de gobernanza internacional, como la Sociedad de las Naciones o la Organización de las Naciones Unidas. Por el contrario, estos aportes significativos se vieron considerablemente debilitados por una política exterior favorable a los intereses del país en detrimento de los intereses globales y, sobre todo, por la falta de apoyo aportado a la Sociedad de las Naciones (SDN) y a la ONU, o hasta la hostilidad expresada por los gobernantes y el pueblo norteamericano en relación a estos dos organismos.

En el siglo XXI, la aparición de las potencias emergentes sumada a la relativa decadencia del dinamismo estadounidense ha provocado cierto repliegue intelectual dentro de los Estados Unidos en relación a la reforma de la gobernanza mundial. Los gobernantes se acercan, en realidad, a la promesa de un retorno a la edad de oro de la época post 1945, lo cual se refleja en una política reaccionaria que George W. Bush aplicó con vigor y determinación y de la cual Barack Obama nunca terminó de despegarse realmente. De allí resulta que el país que durante la primera mitad del siglo XX estaba a la punta del progreso en términos de reforma de la arquitectura de la gobernanza mundial, es ahora uno de los más refractarios a los cambios en ese ámbito, mientras que los desafíos globales que se van planteando son cada vez más apremiantes y una reforma del sistema geopolítico mundial aparece como algo de orden vital para el futuro del planeta. A pesar de todo, la retracción de Estados Unidos sobre el escenario internacional tiene como consecuencia importante que de ahora en más se hace posible pensar en una reforma del sistema, incluso sin el acuerdo ni la participación de los estadounidenses, lo cual era inconcebible a comienzos del siglo XXI y demuestra a su vez la rapidez con la que el mundo ha podido evolucionar desde entonces, con o sin los Estados Unidos.

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