Whenever you are in doubt, recall the face of the poorest and the weakest man. Gandhi . . . for with freedom come responsibilities. Nelson Mandela True peace is not merely the absence of tension, it is the presence of justice. Martin Luther King, Jr. Henceforth, our country should be the universe. Flora Tristan *

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Teoria del
Fin de la historia

La teoría del “Fin de la Historia” fue la primera elaboración de un paradigma de gobernanza para la post Guerra Fría y definió de algún modo todas las teorías que le siguieron, ya sea porque la tomaran en cuenta o porque se opusieran a esta interpretación de los acontecimientos que precipitaron la repentina caída de la superpotencia soviética.

Un esbozo de la teoría aparece ya en 1989 en un artículo escrito por el politólogo estadounidense Francis Fukuyama y publicado por la revista The National Interest (el artículo se basaba en una conferencia dictada previamente por su autor en la Universidad de Chicago) 1. Fukuyama desarrollará aún más su teoría en un libro publicado tres años más tarde, The End of History and the Last Man (New York, Avon Books, 1992). Entre estos dos ensayos, el derrumbe de la Unión Soviética reviste de mayor seriedad los argumentos de la tesis principal del autor, que identifica el final de la Guerra Fría como la victoria definitiva de la democracia liberal, la cual se impone entonces como el último modo de organización social, política y económica de la historia de la humanidad. La visión de Fukuyama provocará muchos debates en el mundo, incitando a otros politólogos a reaccionar, elaborando visiones del futuro diferentes a ella. Así, por ejemplo, la teoría del “Choque de civilizaciones” de Samuel Huntington (primera formulación en 1992) que rechaza la uniformización de un modo de gobernanza para privilegiar una visión de lucha entre entidades culturales.

La teoría del “Fin de la Historia”, compleja y brillante, se basa en gran parte en la interpretación que realizó el filósofo francés Alexandre Kojeve de la filosofía de la historia de Friedrich Hegel. En este sentido, integra la idea hegeliana -que podemos rastrear hasta San Agustín- de una historia que tiene una culminación (cuya encarnación Hegel veía en la figura de Napoleón), a la que podemos oponer, por ejemplo, a la visión de una historia cíclica desarrollada en particular por Ibn Khaldûn. Hegel ya había servido de inspiración a Karl Marx y Fukuyama prosigue un recorrido filosófico similar al del autor de El Capital pero que, en lugar de culminar en la llegada de la sociedad comunista imagina, en cambio, el advenimiento de la democracia liberal. Al igual que Marx, Fukuyama integra a su esquema filosófico su propia interpretación de los acontecimientos, en este caso el derrumbe del modelo socialista simbolizado por la caída de la URSS y la propagación inexorable del modelo liberal encarnado por la victoria de Occidente frente al bloque comunista y que, efectivamente, puede constatarse en el aumento de la cantidad de regímenes democráticos (liberales) en el mundo. Desde esta óptica, el fin de la Historia no significa que la historia del mundo queda fija en un punto sino que un modelo bien logrado de organización de la sociedad ha terminado finalmente por imponerse: el de la democracia liberal, que marca el punto de no retorno de la “evolución ideológica de la humanidad”.

Más allá de la crítica superficial de la idea -que no es la de Fukuyama- de que la historia se habría detenido en 1989, la crítica de la teoría del fin de la Historia se centró por un lado en su dimensión filosófica, en particular en el postulado de una historia lineal, y por otro lado en su dimensión política, con un cuestionamiento del modelo liberal como modelo último de sociedad. Sus detractores opusieron sobre todo a la visión de Fukuyama los grandes acontecimientos o las corrientes que fueron marcando la historia posterior a la Guerra Fría y que ponen en tela de juicio la omnipotencia de la democracia liberal: crecimiento del islamismo radical; surgimiento de China y de su modelo liberal-autoritario; retroceso, relativo pero cierto, de los regímenes democráticos en el mundo a partir de mediados de la década de 2000; crisis económica y financiera profunda que pone de relieve las debilidades del sistema capitalista y su incapacidad para gestionar la crisis de los países liberales; quiebra de la Unión Europea (que Fukuyama consideraba de algún modo el criterio de base).

Un cuarto de siglo después de la publicación del artículo de Fukuyama, ¿qué balance se puede hacer? Más allá de la dimensión filosófica de su doctrina, sobre la cual se podría debatir extensamente, ¿los hechos han corroborado su intuición? A su favor, nada indica por ahora que algún contramodelo existente pueda constituir una alternativa al modelo de la democracia liberal. Cierto es que el modelo del liberalismo autoritario parece capaz de generar crecimiento y garantizar una estabilidad social, tal como demuestran los ejemplos de China o de Vietnam, y es probable que unos cuantos países emergentes adopten esta fórmula en el futuro. Pero nada indica que un modelo de sociedad que coarta las libertades civiles pueda ser viable a largo plazo, o que suplante al modelo democrático. En cuanto al modelo islamista radical, además de que presenta los mismos límites sin haber demostrado sus capacidades para generar crecimiento, no es pensable de todas formas como modelo universal.

A falta de modelo alternativo, la debilidad de la teoría del fin de la Historia remitiría más bien a los propios límites del modelo democrático liberal, que parece incapaz de sortear la curva de la globalización y muestra serias dificultades a la hora de tratar con eficacia los problemas que superan el marco del Estado, tales como los vinculados al medioambiente o a la economía y las finanzas. Para seguir el curso de las transformaciones profundas que afectan al mundo actual, la democracia liberal deberá probablemente reinventarse para poder adaptarse. De tal forma quizás termine por generar un nuevo modelo. Y en caso de que no llegue a evolucionar, corre el riesgo de retroceder inexorablemente. De todos modos, cualquiera sea la salida, pareciera ser que la historia se está proyectando hacia adelante o bien comenzando un nuevo ciclo. Y tal como ocurrió para Hegel con Napoleón, este segundo “final de la Historia” no parece estar por ahora a la orden del día, ya que la evolución de la humanidad todavía no ha alcanzado su paroxismo ideológico ni su ideal de gobernanza.


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