Henceforth, our country should be the universe. Flora Tristan An invasion of armies can be resisted, but not an idea whose time has come. Victor Hugo Do what is right. Rosa Parks Whenever you are in doubt, recall the face of the poorest and the weakest man. Gandhi *

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Rethinking Global Governance

La herencia histórica

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Rethinking Global Governance

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Arnaud Blin, Gustavo Marin ¤ 2 January 2008 ¤
Translations: English . français .

Volvamos un momento hacia atrás para observar el sistema que hemos heredado y algunas mentalidades ligadas al mismo, especialmente entre los gobernantes, con el fin de poder proyectarnos mejor hacia el futuro.

La arquitectura política moderna se instaura en 1648, al finalizar la Guerra de los Treinta Años, cataclismo político-religioso que marcó el paroxismo de las guerras de religión europeas y que constituye la última tentativa hegemónica del imperio de los Habsburgo. La paz de Westfalia pone fin al conflicto e instala en forma duradera el sistema geopolítico que va a gobernar a Europa, y luego al resto del mundo, hasta 1914. La revolución westfaliana se caracteriza por la implementación de un conjunto de Estados-naciones que se mantiene mediante un complejo equilibrio de las potencias. El sistema es amoral, pero no es inmoral: la razón de Estado gobierna las relaciones interestatales, la guerra es un recurso normal para el mantenimiento del equilibrio, pero se la “limita” y progresivamente también se la codifica. A partir de 1648 la iglesia se aparta del juego político, mientras que el derecho internacional avanza significativamente. La brillante síntesis de Hugo Grotius -que incluye algunos conceptos teológicos- se integra de alguna manera a la nueva arquitectura geopolítica. El sistema “westfaliano” se afirma entre 1648 y 1789. Con la llegada de Napoleón vuela en pedazos y se lo reestablece en el Congreso de Viena en 1815. Luego atraviesa una larga decadencia que desemboca en el primer conflicto mundial, seguido por la Segunda Guerra Mundial tras un breve paréntesis de veinte años. En 1945 aparece otro sistema de equilibrio "post-westfaliano", sistema bipolar y mantenido por la amenaza de un cataclismo nuclear. El año 1991 marca el fin de estos sistemas de equilibrio. Tal como ocurrió en 1919 y 1945, cuando se implementaron sistemas de seguridad colectiva, en 1991 se abre el campo teórico de las posibilidades que se perfilan para el futuro. La idea de una gobernanza mundial -concepto anterior a esa fecha- va forjándose un camino.

Sería contraproducente, sin embargo, negar la resiliencia de algunos conceptos clave heredados del sistema westfaliano o post-westfaliano y subestimar las capacidades del sistema de seguridad colectiva implementado en 1945, cuya gloria mayor es la ONU. La evolución de las relaciones internacionales proviene de revoluciones y de rupturas. No obstante, cada época hereda, para bien o para mal, un bagaje más o menos significativo del pasado. De este hecho resulta una arquitectura compleja, constituida por substratos que se van superponiendo unos a otros con una coherencia que no siempre es perfecta ni armoniosa. Inevitablemente, esta arquitectura está constituida por paradojas. Por otra parte, algunos elementos provenientes del pasado -por ser más importantes o porque otros elementos han desaparecido- adquieren una magnitud acrecentada por el tiempo. La mundialización, por ejemplo, que es un fenómeno antiguo, es percibida hoy en día como la gran revolución del momento. Esto se debe por un lado a la desaparición de las rivalidades del pasado y, por otro, a que la liberalización del planeta político y la revolución informática han modificado la situación. Lo mismo ocurre con el terrorismo, fenómeno tan viejo como el mundo que, al desaparecer otros riesgos, aparece hoy en día como más preocupante puesto que es el único que amenaza la integridad de nuestras sociedades sobreprotegidas. El problema de la proliferación nuclear, que tanto preocupa, es el resultado a fin de cuentas positivo del final de la pulseada (nuclear) que, aunque se lo olvide con frecuencia, amenazaba con desintegrar todo el planeta.

La evolución de las sociedades y algunas tomas de conciencia, por ejemplo en lo que respecta al medioambiente, el desarrollo sustentable, la biosfera y las desigualdades, modifican por otra parte la índole de las relaciones entre los pueblos y las relaciones de la humanidad con el planeta. Esta evolución de las mentalidades, más rápida que la de las instituciones, tiene como efecto la creación de un desfase permanente entre nuestra visión colectiva de la realidad y la realidad misma.

Hace unos veinte años, el mundo parecía asombrosamente simple. El “paradigma” predominante de la anarquía mundial -heredado del filósofo Thomas Hobbes- postulaba un conjunto dominado por Estados que, de manera racional, actuaban según el principio de la seguridad nacional y la inteligencia de las relaciones de fuerzas, siguiendo las reglas simples de un sistema ideológicamente heterogéneo, con dos bloques enfrentados uno contra otro. La estabilidad de dicho sistema provenía de un equilibrio alimentado por el terror a la guerra nuclear y en el cual, a fin de cuentas, cada uno intentaba mantener el statu quo ganando al mismo tiempo terreno sobre el adversario. La ausencia de un regulador mundial de las relaciones de fuerza alimentaba el carácter “anárquico” de un sistema que por otra parte era relativamente estable. El modelo de la seguridad colectiva, encarnado por la ONU, rival teórico del de la anarquía, no hacía en realidad sino apoyar el statu quo, dado que las potencias dominantes de 1945 eran también las que tenían en sus manos, a través del Consejo Permanente de Seguridad, las cartas fundamentales de una seguridad colectiva más virtual que real.

Ese “malentendido” sobre la naturaleza de la seguridad colectiva es el que, sesenta años después de la creación de la ONU, contribuye al hecho de que esa institución -por cierto útil y necesaria- sea tan difícil de reformar. Ahora bien, los discursos sobre la reforma de la Organización de las Naciones Unidas constituyen, hoy como ayer, el discurso predominante sobre el futuro de la gobernanza mundial. Pero las cosas se mueven tan lentamente que da la sensación de ser un discurso sin salida. Es cierto que la ONU evoluciona, ¿pero representa verdaderamente el futuro de la gobernanza mundial?

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