Do what is right.  Rosa Parks The world is for the public good, such is the Great Way. Confucius Two dangers constantly threaten the world: order and disorder. Paul Valéry . . . for with freedom  come responsibilities. Nelson Mandela *

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Dossiers and Documents : Discussion Papers : Rethinking Global Governance

Rethinking Global Governance

Los rasgos de la transición del siglo XX al XXI

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Rethinking Global Governance

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Arnaud Blin, Gustavo Marin ¤ 2 January 2008 ¤
Translations: English . français .
el viejo mundo se muere, el nuevo mundo tarda en aparecer y en ese claroscuro surgen los monstruos
Antonio Gramsci

Antes de hablar de la arquitectura de una gobernanza mundial, resumamos entonces la situación actual de las “relaciones internacionales” que se ven marcadas, aunque más no sea por efecto acumulativo, por una profunda ruptura con el pasado.

La guerra se considera cada vez más como un fracaso de la política y no ya como su continuación.

Contrariamente al sentimiento general imperante desde 1991, y sobre todo desde 2001, el mundo es, globalmente, mucho más seguro y pacífico de lo que fue en el período precedente, y con más razón en la primera mitad del siglo XX, a pesar de la irrupción de nuevos conflictos y de la no resolución de conflictos antiguos. Ahora bien, aunque el estado actual no nos permita bajar la guardia, y mucho menos todavía alegrarnos, todos o casi todos los estudios sobre el tema demuestran que el mundo, en su conjunto, es mucho más pacífico hoy -quizás sería más apropiado decir "menos belicoso"- de lo que fue durante las décadas y siglos precedentes.

Esta constatación es muy importante, porque nos permite fijar nuestra atención y canalizar nuestra energía sobre otros problemas que, aunque no son nuevos, se plantean hoy como de suma importancia mientras que parecían inexistentes hasta hace algunos años. Esta constatación de paz es primordial, sobre todo porque los nuevos desafíos ya no son únicamente de incumbencia de los Estados tal como ocurría anteriormente. Esto permite que la sociedad civil haga su aparición con fuerza, tal como puede hacerlo dentro de una democracia. Los problemas vinculados con el medioambiente, por ejemplo, no sólo incumben a los Estados sino también a sus poblaciones. A pesar de todo, este mundo menos belicoso no deja de ser por ello inestable e incierto, tal vez justamente porque al ser más pacífico los problemas de estabilidad parecen ser menos urgentes. De hecho, y contrariamente a todos los períodos de ruptura geoestratégica precedentes, el final de la guerra fría es único en cuanto a que no produjo un “contrato geopolítico” (y por lo tanto tratados internacionales) entre los Estados constitutivos del nuevo escenario. Esta ausencia de “contrato” es la que genera problemas hoy en día y hace que una crisis surgida de “ninguna parte” pueda eventualmente involucrar a la totalidad de un mundo que -todos coinciden en esto- cada vez es más interdependiente y cada vez está menos organizado.

En la actualidad, los problemas que nos afectaban anteriormente han desaparecido o han disminuido claramente. A saber:
- Fin, o casi, de los conflictos inter-Estados que definían la esencia misma de las relaciones internacionales.
- Fin de la amenaza de un cataclismo nuclear, gran amenaza del período 1945-1991.
- Desaparición de los grandes imperios coloniales, de los cuales el último en caer fue la Unión Soviética.
- Surgimiento de una Europa pacífica y unida, mientras que durante siglos Europa fue el punto de partida principal de conflictos armados.
- Fin del enfrentamiento ideológico característico del siglo XX y desaparición de los grandes Estados totalitarios, pero mantención de pequeños, aunque no tan pequeños, Estados totalitarios (numerosos en el mundo árabe).
- Desaparición de las “superpotencias”, dado que los Estados Unidos, última superpotencia, comprometió sus chances de mantener ese estatuto luego de los eventos de 2001, principalmente a causa de la política de George W. Bush que, paradójicamente, estaba destinada a ampliar ese estatuto.

Luego de 1991 se instala pues un período de ruptura que cuenta con la particularidad de no haber engendrado revolución alguna en el ámbito de las relaciones internacionales, cosa que sí ocurrió, por ejemplo, en 1648, en 1815 (tratándose en ese caso de una “contrarrevolución”), en 1919 y en 1945. Las instituciones se mantuvieron notablemente inalteradas; la arquitectura geopolítica, con excepción del desmembramiento de la URSS, no se modificó; no se crearon, como en 1945, nuevos modos internacionales de regulación (Bretton Woods, ONU, etc.), no hubo planes “Marshall” o siquiera un hilo conductor más o menos coherente (estrategia del containment), dado que las teorías sobre el fin de la historia o el choque de civilizaciones no constituyen más que una interpretación, que muchos observadores consideran dudosa y hasta nefasta, de las nuevas realidades del momento, por cierto complejas.

Los atentados del 11 de septiembre, aun cuando no hayan modificado el mundo como la caída de la URSS, tuvieron sin embargo el efecto, de modo indirecto o involuntario sobre todo, de poner de manifiesto el desfase que se había instalado en la década previa entre la nueva realidad por un lado y la visión dominante de dicha realidad por otro, vehiculada esta última especialmente por los gobernantes, es decir los actores principales de la gran política. Los efectos negativos de la mundialización, la erosión de la potencia de los Estados, el aumento de algunas desigualdades, especialmente entre los pueblos, aparecen entonces como más insostenibles en la medida en que la ideología dominante nos prometía un mundo cada vez más libre, próspero, seguro e igualitario. Los Estados, las grandes instituciones internacionales (y las ONGs) y el “mercado” no podrán entonces por sí solos responder a las amenazas y a los desafíos que el siglo XXI ya plantea y de los cuales no vemos sino la punta del iceberg.

Es por ello que la elaboración y la construcción de una nueva arquitectura de gobernanza mundial aparece como una necesidad, e incluso como un deber moral en un mundo en donde todo es posible, lo mejor y lo peor, y una u otra de estas alternativas depende en gran medida de la forma en que se aborde en los próximos años el problema de la gobernanza mundial.

Ahora bien, las grandes potencias “emergentes” del momento, China e India, e igualmente Europa -con algunas reservas sobre sus capacidades para progresar en el futuro- van a jugar potencialmente un papel considerable en la resolución de este problema, puesto que son ellas quienes encarnan a su manera dos modelos de éxito económico (para China e India), social y político (para Europa), mientras que las potencias del pasado (reciente), Rusia o Estados Unidos, siguen actuando según los puntos de referencia de la guerra fría, tal como lo demuestran la brutal política interior de Putin y la política exterior anacrónica -especie de continuación de la guerra fría- de George W.Bush. Aun cuando nuestro deseo de igualdad nos llevaría a pensar que todos los países, pequeños y grandes, tienen algo para decir, el realismo que caracteriza a la política a gran escala nos demuestra día a día que los actores “protagonistas” tienen un peso mucho mayor que el de los “papeles secundarios”. En este sentido, el modelo europeo permite que estos últimos, si tienen la suerte de ocupar un espacio geográfico dentro de Europa, se integren a un conjunto que juega un papel protagónico. Queda por agregar que estas tres entidades políticas tienen problemas -políticos, económicos y sociales- que pueden constituir obstáculos paralizadores para estas superpotencias en formación.

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